Nada hacía presagiar en los orígenes de Jacques Brel (1929-1978) que fuera a dedicarse finalmente a la canción. Nacido en Bruselas, en el seno de una acomodada familia, el destino que le estaba reservado era el trabajo y finalmente la dirección de la fábrica de cartonería creada por su padre, un hombre que había hecho su fortuna en el Congo belga y se había integrado con naturalidad en la "buena sociedad" bruselense.
Pero una de las cosas que en mayor grado definían la personalidad del "Grand Jacques" era su vocación de aventura, su inclinación al desafío como forma de encarar la propia realidad y también la exterior. En definitiva, un inconformismo visceral muy alejado de la mentalidad que caracterizaba el entorno burgués y bienpensante en el que creció. Hablando de su padre, Jacques Brel dirá: "Era un buscador de oro y lo que encontró fue el aburrimiento".
En la adolescencia, Jacques descubre su don natural para construir canciones y adopta la guitarra como arma para afrontar su soledad y apoyar sus primeras tomas de posición frente a un mundo que no le gusta y al que responde con unas primeras composiciones preñadas de ingenuo y enternecedor idealismo, muy alejadas del realismo feroz y caricaturesco de muchos de los temas que finalmente le han definido.
El primer Brel, evidenciado en sus grabaciones iniciales, cree en la rousseauniana bondad natural del hombre, en el amor (entendido en el sentido cristiano) como potencial instrumento de superación del mal omnipresente y en la buena voluntad como respuesta a la indiferencia y al egoismo. Son esas primeras canciones las que le hacen acreedor al calificativo de "el cura Brel", que con su característica y demoledora socarronería le aplicó su colega Georges Brassens.
En torno a 1952, con 23 años, empieza a actuar en "La rose noire" de Bruselas. El éxito no es precisamente arrollador, pero Jacques toma progresivamente confianza y afirma su apuesta por la canción como destino. Una maqueta grabada para Phillips cae en las manos del empresario parisino Jacques Canetti, que le invita a actuar en su teatro "Trois baudets" durante quince días. Aunque nuevamente el éxito es moderado, Brel toma la decisión fundamental de su vida: deja la fábrica familiar y se traslada a París, resuelto a conquistar Francia y con ella a todo el mundo francófono.