Los más próximos a él se preguntan si no habrá perdido el juicio, pues Jacques ya está casado, tiene una hija y su mujer espera otra criatura. No importa. Ni eso ni las actuaciones a precios de miseria en cabarets en los que su físico escasamente atractivo y su aire de ingenuo "boy-scout" conspiran en contra de sus ambiciones de éxito. Su primer disco, grabado en 1954, es pura y llanamente un fracaso.

  Canetti, pese a todo, tiene fe en ese joven belga tan entusiasta como desmañado y le envía a una vorágine de giras por las provincias como "telonero" de artistas de muy diverso estilo. Jacques lleva todavía su guitarra como una muleta tras la que esconde su inseguridad, pero ha entrado en la mejor escuela para un artista, que es también la más despiadada prueba de fuego: enfrentarse a los públicos más heterogéneos en las más variadas circunstancias.

  Lo que en la profesión se llama "hacer tablas" encuentra en Brel un alumno aventajado, que progresivamente "se suelta" y domina los resortes adecuados para obtener primero la atención y luego el aplauso. El "monstruo" que hará rugir de emoción y admiración a auditorios entregados casi hasta el éxtasis está despertando. Hace aplicada y sacrificadamente sus deberes y finalmente la suerte le sonríe. En 1957 su canción "Quand on n'a que l'amour" ("Cuando no se tiene más que amor"), un producto típico del "cura Brel", se convierte en un éxito de ventas y obtiene el prestigioso Grand Prix de la Academia Charles Cros.

El éxito