Las puertas del Olimpo, y en breve las del mítico Olympia se entreabren finalmente. Juliette Greco, la musa del existencialismo, graba su canción "Le diable" y Simone Langlois dedica a sus temas todo un disco. El tercer intento discográfico personal de Brel, en 1958, es ya un éxito sin paliativos y supone el final de seis años de vacas flacas, con menús a base de queso barato y vino imbebible.

  Pero Brel debe continuar su conquista. Triunfar en el Olympia es ineludible. Lamentablemente, el empresario Bruno Coquatrix, tal vez guiado por algún prejuicio respecto a la imagen del "cura Brel", le sitúa como "telonero" (una vez más) de Philippe Clay.

  No obstante, la crítica hace justicia al día siguiente al estreno: "Brel fue el mejor". Clay pasa a ser la auténtica víctima del error de Coquatrix porque antes de que él pueda salir a escena, su "telonero" ha desplegado su magia y electrizado a un auditorio que no quiere dejarle ir, que renuncia, en definitiva, a escuchar a la "estrella" del espectáculo.

  Brel ha ganado su primera batalla, pero la conquista continúa. A continuación se lanza a una gira capaz de matar a cualquiera: 300 actuaciones en un año. Los éxitos se suceden también. Es la época en que nace la mítica "Ne me quitte pas" ("No me dejes"), pero también "La valse á mille temps" ("El vals de mil tiempos") "Les flamandes" ("Las flamencas")...

  En 1961 el Olympia es escenario de una de sus más memorables victorias. París se rinde a un Jacques Brel que es ya un auténtico maestro de la escena, donde apenas emplea su otrora inseparable guitarra. Canta e interpreta con todo su cuerpo y toda su alma. Se sumerge en sus historias y en sus personajes como sólo puede hacerse desde la más profunda sinceridad y entrega, así como un oficio depurado. Brel no sólo canta y canta muy bien; no sólo compone y lo hace con admirable maestría, sino que, excepcionalmente, interpreta sus canciones hasta un nivel insuperable.

  La admiración, consecuentemente, es incondicional. Y tal vez el mejor elogio a ese Brel maduro ya como artista procede justamente de la más admirada intérprete francesa, Edith Piaf, quien tras asistir a su actuación dirá: "Jacques Brel llega hasta el límite de sus fuerzas porque la canción es lo que le hace decir su razón de ser y cada frase te da en plena cara y te deja un poco groggy".

  Brel abandona Phillips y aterriza en Barclay con tres ases en la manga, "Rosa", "Bruxelles" y "Le plat Pays". El éxito se convierte en una experiencia habitual. El artista está en su plenitud pero no detiene su actividad incansable y las giras se suceden. Jacques disfruta las mieles del éxito y también se procura algunos placeres coherentes con su confesada vocación de aventura, como la vela y la aviación, que ya no abandonará.

Apoteosis