Paradójicamente, el propio análisis que Jacques Brel hace de la "pobreza" y las limitaciones de la canción como género potencialmente artístico sirven para establecer el mérito de las grandes canciones, de las que él es autor en un número de casos realmente excepcional. Cuando, superando todas las ataduras que limitan a la canción, se logran obras como "Le plat pays", Amsterdam", "Les vieux" o "La chanson des vieux amants", por sólo citar algunas entre las especialmente logradas en la obra de Jacques Brel, no cabe ninguna duda que la modesta canción es un arte. Y un arte mayor cuando un auténtico artista, como él, las compone e interpreta.

  Pero aparte de ese logro esencial que consiste en asociar en armonía y mutua complementación un buen texto con una música adecuada para relatar una historia, expresar un sentimiento o describir un paisaje, existe un objetivo en cierta medida inalcanzable: que todo ello conduzca al autor a manifestar sus ideas, su concepto del mundo.

   Para conseguir eso no basta con honestidad o sinceridad -que en todo caso son imprescindibles-, sino que hay que tener además un talento considerable. Es justamente ahí donde Jacques Brel ejerce todavía ahora, veinte años después de su muerte, un magisterio indiscutible. ¿Cómo lo logra? Por supuesto con una variedad de recursos no tan obvios como se podría pensar de un simple "constructor" de canciones.

  De entrada hay que decir que muchas de las canciones de Brel tienen un doble nivel de lectura (o escucha). Existe una historia, probablemente divertida o incluso terrible en primer plano, que alcanza sin dificultades a la audiencia superficial y logra con frecuencia seducirla, pero no es nada inusual que lo evidente enmascare,  deliberadamente, connotaciones más profundas y a veces corrosivas.

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