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A Maitena
Los ojos más bellos del mundo
se forjaron entre sombras,
en lentas tardes de horror
y en mañanas sin memoria.
Los ojos más bellos del mundo
crecieron llorando a escondidas,
temiendo cada jornada
sufrir una nueva herida.
Ay Maitena, flor hermosa,
ahora ya sé por qué amaba
tus ojos de oro, tu boca,
tu voz siempre temblorosa,
ay Maitena martirizada.
Amé tu fragilidad,
el dolor en tu mirada,
convocando a la ternura
allí donde no habitaba.
Eso fue lo que yo amaba.
Los ojos más tristes del mundo
son los de una niña sola,
violentada por un monstruo
que acechaba a todas horas.
Aquella voz temblorosa
ha gritado su verdad.
Pide la muerte de Herodes
y no se la pueden dar.
Ay Maitena, tierna rosa,
ahora ya sé por qué amaba
tus ojos de oro, tu boca,
tu voz siempre temblorosa,
ay Maitena martirizada.
Era tu fragilidad,
el dolor en tu mirada,
convocando a la ternura
allí donde no habitaba.
Eso fue, eso fue, eso fue
lo que yo amaba.
Nación humana
No tengo ni quiero ninguna bandera.
Si alguna tuviera sería una hermosa
noche luminosa, preñada de estrellas
que anuncie el fulgor de una aurora nueva.
Las banderas matan, no quiero banderas. (bis)
Y tú me dirás que sueño.
Yo no negaré que es cierto,
pues quien no ama la utopía
camina sin rumbo cierto.
Yo no tengo patria y si alguna tuviera,
en un cielo limpio sería esa esfera
mínima y azul que adora a una estrella
cual insecto ebrio por la luz intensa.
Las patrias separan, no quiero fonteras. (bis)
Y me diréis que estoy loco
por decir lo que yo pienso.
Prefiero pasar por loco
a que me hagan pasar por muerto.
No conozco otra nación que la humana,
con todos sus credos, sus lenguas y razas,
con mares de sangre pura y derramada
por necias mentiras y ambiciosas ansias.
Con huellas de noche y de luz en las almas
y un sueño invncible de paz que no alcanza.
Las banderas matan, no quiero fonteras.
Las patrias separan, no quiero fonteras...
Síguela tú
Hoy que, por raro misterio,
me siento contento quisiera cantar
una canción que me aleje
de los precipicios que suelo rondar:
una tonada alegre
que invite a la gente
a vivir y a amar
olvidando que la Parca
afila su guadaña
y nos marca el compás.
(Estribillo) Y ahora síguela tú, síguela tú, síguela tú.
Y ahora cántala tú, cántala tú, cántala tú
mientras yo bebo otro trago
de ese licor grato que ayuda a olvidar
y que cierra las heridas
que la perra vida nos hace al andar.
Y ahora síguela tú, síguela tú, síguela tú.
Y ahora cántala tú, cántala tú, cántala tú...
Si cada día amanece
¿por qué te oscureces llorando el ayer?
Piensa que cada mañana
trae una esperanza que quiere crecer.
Junta con otros tus hombros.
Verás sin asombro
que así puedes más
y que las líneas futuras
de nuestra aventura están por trazar.
(Estribillo) En nuestras manos tenemos
las armas del sueño y la propia verdad.
Cuidad que no os las arranquen
los que manipulan nuestra realidad.
Tened cuidado del niño
que tiene su asilo en nuestro corazón:
ese otro-yo que no duerme
y que nos recuerda que aún hay ilusión.
Agua estancada
Se ha extinguido la tarde en un momento.
Me puse a pensar en ti y cerró la noche.
Esta es la primera canción que yo te escribo
y la última también, mas no hay reproches.
Si fuiste sincera o falsa ya qué importa,
ni cuánto amor entregaste o recibiste.
Cuando se parte en dos un amor hay dos culpables
y no existe un adiós que no sea triste.
Agua estancada es este amor, agua estancada,
líquido turbio que se ha podrido y hiede.
Agua estancada es aquel arroyo alegre
que se juró ser río y acabó siendo charca.
En estos tiempos sombríos nunca llueve
ni luce el sol ni crece ya la hierba
y no hay salida para estas aguas muertas
que contaminan mi pobre corazón.
El Repetidor
El día que un rayo destruyó
el repetidor de televisión
es una fecha imborrable
en la historia de mi calle
y de toda la región.
El día que se calló el repetidor.
Al faltar la caja idiota
la gente se echó a la calle,
llenó paseos y bares
y una fiesta improvisó.
El día que se cayó el repetidor.
Parejas que no se hablaban
se dijeron las verdades
y hubo reconciliaciones
y rupturas terminantes.
El día que se callóel repetidor.
Al repetidor de televisión
lo partió un mal rayo
y nadie llóró.
El día que un rayo destruyó
el repetidor de televisión
hablaron hijos y padres,
se explayaron las comadres
y el Gobierno se inquietó.
Y todo porque no había televisión.
No es buena, dijo un ministro,
esta falta de control
porque el pueblo soberano
si piensa monta el follón.
Y todo porque no había televisión.
Al fin tuvo tiempo Ana
para limpiar los critales,
Pepe arregló la cisterna
y Leticia hizo el amor.
Y todo porque no había televisión.
Sin televisión estamos mejor,
hay mayor limpieza, libertad y amor.
La cosa duró ocho días
y nacieron mil romances
entre los tiernos infantes
y entre la tercera edad
porque la televisión no daba señal.
El día que volvió a funcionar
el repetidor de televisión
quedó vacía la calle,
retornó el libro al estante
y un tabernero llóro.
El día que la caja idiota funcionó.
Volvieron veladas mudas
ante el tótem alienante,
callaron los dialogantes,
murió la imaginación.
El día que la caja idiota funcionó.
Al repetidor de televisión
mal rayo lo parta o que sean dos.
Sin televisión estamos mejor,
hay mayor limpieza, libertad y amor.
Vals por Amélie En París, Amélie,
todo el mundo pregunta por ti.
"Where is she, pretty thing
la gentille fée marraine de la ville?".
Holandeses, japoneses,
musulmanes y judíos,
españoles, canadienses,
creyentes y descreídos
todos buscan un indicio…
De ese Quijote con faldas,
San Francisco femenino,
hada de grandes zapatos
que tiene el bien como oficio…
Mon amour, Amélie.
- "Rêvez-pas, c'est un film.
Vous êtes fou en cherchant cette fille".
- "I am sure, I believe
Amélie habite toujours à Paris".
De Montmartre a la Bastille,
del Quartier a Belleville,
todos buscan sin cesar
algún rastro de Améliea,
pero el hada ya no está…
Escarmentando canallas,
reuniendo a los amantes,
devolviendo a alguien la infancia
tal vez esté en Buenos Aires…
Mon amour, Amelie.
Ese Quijote con faldas,
San Francisco femenino,
hada de grandes zapatos
que tiene el bien como oficio…
Escarmentando canallas,
reuniendo a los amantes,
devolviendo a alguien la infancia
tal vez esté en Buenos Aires…
Mon amour, Amelie (bis y final).
Mr. Goldberg En lo alto de un edificio tan alto
que roba la luz del sol a la calles
tras gélidos y opacos ventanales
mister Goldberg planea un nuevo asalto.
Para él el mundo entero es
un tablero de ajedrez
y la gente, los peones,
son víctimas de sus bajas pasiones
y de su ansia feroz por el dinero.
Despierta al abrir la bolsa en Tokyo,
dormita tras el cierre en San Francisco
y sueña, al borde de un precipicio,
poder pactar con el propio demonio
por lograr más poder.
Para él la aldea global es coto abierto,
con internet, satélites y aviones.
Lo mismo vende arena del desierto
que roba a hambrientos niños biberones.
Con vidas y divisas especula
sin rubor, sin ningún remordimiento.
Derriba o mortifica a los gobiernos
y todo lo que es daño le estimula.
Para él no hay ley mayor que el beneficio,
no importa quién pague los platos rotos.
No ganar mil por cien es una suplicio.
Si no hay quien pague en sangre no es negocio.
Y lo deja correr.
El día que mister Golberg se muera
-y morirá porque no hay excepciones-,
nadie le llorará sobre la tierra
y suspirarán de alivio las naciones.
Pero otro mister Goldber le sucede
para que lo peor aún sea posible.
Las ansias avarientas nunca ceden
ni ante la vida o la muerte al fin se rinden.
Despierta al abrir la bolsa en Tokyo,
dormita tras el cierre en San Francisco
y sueña, al borde de un precipicio,
poder pactar con el propio demonio
por lograr más poder.
Para él no hay ley mayor que el beneficio,
no importa quién pague los platos rotos.
No ganar mil por cien es una suplicio.
Si no hay quien pague en sangre no es negocio.
Y lo deja correr.
De la ceniza
Cuando en el aire dancen mis cenizas
y yo un recuerdo vago empiece a ser
que no solloce nadie, rece o gima.
Mi espectro lo habrá de agradecer.
Id juntos a comer, bebed buen vino
después de mi total disolución,
mas sólo la familia y los amigos.
Que Judas no se cuele en la reunión.
Bebed hasta reir en mi memoria.
Reid hasta olvidar que yo existí.
No merecí la pena ni la gloria
pero la pena sí me alcanzó a mi.
Amé mientras creí en quien amaba,
luché toda la vida tras perder.
Perdí la fe mas nunca la esperanza.
Perder la vida al cabo no es perder.
Fue siempre mi propósito ser bueno.
Al odio y la venganza resistí,
pero a quien me hizo mal deseé el infierno
y acaso a quien el bien, no agradecí.
A quien herí le juro que lo siento.
Perdón a quien pidió, yo pude y no le di.
Mi última lucha ha sido contra el tiempo
y estaba tan absorto que no vi.
Bebed hasta reir en mi memoria...
Quedan por añadir cuatro canciones, que no se incluyen por el momento, a la espera de una decisión definitiva que dependerá de la escucha de las doce seleccionadas en principio. En función del 'equilibrio' del disco, éste podrá incluir diez, once o doce canciones. Las ocho reproducidas aquí estarán en el disco con toda seguridad.
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